jueves, 30 de noviembre de 2017

Dima, la artista siria

Dima es una niña siria, no sabemos de qué lugar exactamente.

Tiene cinco años y el pelo castaño, corto y teñido de alheña rojiza alrededor de la coletilla que le peina su madre justo en una de las sienes, lo que le da un aspecto algo chusco. Siempre viene vestida con pantalones y botazas y sus ademanes no imitan la gestoforma típica de otras niñas, que repiten patrones de lo que se ha venido conociendo como femineidad.

No, ella no hace ni caso a los bebés que tenemos en la guardería, lo cual es estupendo, porque no les alborota, ni les sube en brazos ni les molesta con mimos exagerados (actitudes habituales en la mayoría de las niñas, que tienden a comportarse como madrecitas, incordiando muchísimo porque no les dejan en paz). Tampoco se preocupa si la ropa se le descoloca ni se atusa el pelo con las manos cada cinco minutos. Sus objetivos son otros. Por ejemplo, nos hace muchas preguntas muy pintorescas, como ¿cuantos coches hay en Beirut? o ¿por qué hay lápices de distintos colores?

Dima, en cuanto llega hace una declaración de intenciones que no deja lugar a dudas, con su voz también grave, aunque no tanto como la de Amira:

biddi lauen!
(quiero colorear)

Asi que le damos una hoja de papel blanco con siluetas en negro para rellenar con colores y se le ilumina la cara. Como no disponemos de cajas de lápices para todos, lo que hacemos es darles unos poquitos lápices a cada uno (dos o tres) y con eso se conforman normalmente.  Pero Dima sigue pidiendo, tozuda, sin que ninguna otra palabra salga de su boca:

biddi ahmar!
(quiero [el lápiz] rojo)

En el caso de tener algún lápiz rojo disponible, ya que está muy solicitado, si se lo damos, tampoco termina ahí sus demandas:

biddi arb3a!
(quiero cuatro [lápices])

Si lo consigue, se enfrasca en su hoja y es capaz de colorear durante una hora entera, pase lo que pase a su alrededor.

Si nos quedamos trabadas en alguno de los puntos anteriores, porque no hay un aula disponible para nosotros y tenemos que jugar en el patio, o porque se nos han terminado las hojas y toca jugar con los bloques de madera, o porque los lápices rojos ya los tienen otros peques o no hay para todos, entonces Dima se enfada muchísimo y se va a un rincón para demostrarnos su cabreo. No sufre; se enfurece, que es muy distinto. Al rato se le pasa y se pone a hacer lo que toque, pero su momento os vais a enterar de mi enfado no lo perdona.

El lunes pasado nos sorprendió, porque según estaba coloreando su hoja llena de flores, mariposas y otros bichos, levantó la mirada y nos dijo que ella no quería nada a su padre, pero a su madre sí.

Con semejante declaración, se nos encendieron todas las alarmas, claro, asi que comenzamos con el protocolo correspondiente de preguntas para averiguar si hay que pasarles con la trabajadora social.

Con total tranquilidad, sin dejar de colorear su hoja, nos explicó que no quiere nada a su padre porque pasa de ella, siempre le dice que está cansado y no le hace caso, ni le importan las cosas que ella le cuenta. Así que ha decidido no quererle y pasar de él como él hace con ella.

En cambio a su mamá sí la quiere mucho, porque siempre la escucha, le pregunta cómo le ha ido en la escuela y se interesa por sus cosas. A veces su mamá no sabe responderle, pero a Dima eso no le preocupa, porque no la manda callar como hace su padre, sino que le dice que pregunte cuando llegue a la escuela

Así es Dima, la niña que no sabe su lugar de origen porque ha nacido en un periodo de guerra.




martes, 14 de noviembre de 2017

Shehat, la peque silenciosa

Shehat es una niña muy flaquita también, debe tener unos seis años, el pelo muy rizado y largo, de color castaño oscuro, pero muy poco abundante, que su madre suele peinar en forma de trenza. Siempre se le escapan unos pelillos cortos alrededor de la cara, como un nimbo de pelusillas. Su aspecto general es bastante enfermizo, debido a unas ojeras muy oscuras y marcadas sobre su piel apagada y tirando a amarillenta, entorno a unos ojos que cuando la conocí eran serios y tristes, un poco saltones y caidos del ángulo exterior. Es una niña que tiene cara de viejecita, si se puede expresar así.

Fue también de las primeras niñas que conocí en el colegio. El primer día que llegó su madre nos explicó que había dejado de hablar al salir de su pueblo de Siria y que nos teniamos que comunicar con ella mediante gestos. Casi me da un pirriqui, porque si ya es difícil comunicarse con ellos verbalmente, por gestos me parecía un mundo. Shehat, al llegar a la clase, se sentaba en una de las mesitas, muy seria siempre, sin alborotar, aferrando su mochila verde entregada a los refugiados sirios por la Campaña Nacional del Reino de Arabia Saudia para apoyar a los hermanos en Siria, según pone el escudo bordado que adorna el bolsillo frontal, exactamente igual a las que tienen estos críos (que no son de nuestro colegio).

 


 


Shehat a veces muy tímidamente señalaba el montón de papel reciclado que tenemos para que coloreen y al darle una hoja, despacito, despacito abría su mochila,  sacaba del estuche dos o tres lápices de colores muy recomidos y pintaba sin levantar la cabeza durante las dos horas que estaba a nuestro cuidado. Nunca aceptaba las meriendas que solemos darles, porque en su mochila también traía algunas galletitas y agua, que tomaba cuidadosamente, sin dejar ni una miga y sin hacer ruido. Si quería hacer pis, se levantaba y señalaba la puerta, con las piernas cruzadas y con el típico movimiento de quien ya no puede más.

Durante un tiempo su madre y ella dejaron de venir, sin avisar ni nada. Esto suele pasar y significa que o bien que la familia ha conseguido salir del Líbano, o bien que el padre no deja a la madre venir a las clases. Pero desde hace un mes han vuelto las dos y se ha producido uno de esos hechos que hacen ver la situación con otra luz: Shehat ha comenzado a hablar.

A la otra seño y a mi nos dejó patidifusas, porque entró al aula con su mismo aire triste de siempre, se sentó en su mesita con sus mismos ojos saltones y caídos de siempre y su carita de viejuca de siempre. Pero en vez de señalar, nos pidió hablando muy bajito, eso sí, lapices y papel para pintar.

Ya no trae la mochila verde y durante estas semanas su tono de voz ha ido subiendo, hasta hablar alto y claro. Incluso la hemos visto reir y hasta se ha animado a cantar en alguna ocasión. La vemos que mira con aire de duda a los otros peques que se tiran por los toboganes de plástico que tenemos.

  
Estoy segura que en pocos días la vemos peleando en la fila por subirse ella también.

sábado, 28 de octubre de 2017

Ahmad y Mohammed

Ahmad y Mohammed son dos niños de seis y siete años. Llevan unos cortes de pelo muy divertidos, que les hacen sus propias madres y hermanas que están estudiando peluquería. Acaban de empezar el Grado 1 en una escuela del barrio de Bourj Hammud, cercana a su casa, y están más felices que perdices por este motivo, ellos y sus familias también, claro.

Fueron de los primeros peques refugiados que conocí y acudían a la guardería que ayudo a cuidar mientras sus madres están en clase de inglés y de ofimática. Entonces no tenían aún los 5 años, pero venían como clavos, todos los días, a aprender lo que fuese. Sus caritas se iluminban al entrar en la clase y casi entraban en éxtasis cuando repartíamos los cuadernos y lápices para pintar.

Cuando a la otra persona que estaba conmigo se le ocurrió que podíamos enseñarles el abecedario inglés con un juego de letras (pintadas grandes y recortadas) sobre el suelo, que consistía en ponerlas en fila e ir saltando de una en una, como en el juego de la rayuela mientras se cantaba la conocidísima cancioncilla:

A - B - C - D - E - F - G -H - I - J - K - L - M - N - O - P - Q - R - S - T - U- V - W - X - Y and Z
Now I know my ABC's
Next time won't you sing with me.

ambos se sumaron con mucha vehemencia y entrega, a pesar de que en la clase teníamos otros elementos más interesados en chincharse mutuamente que en aprender ningún abecedario. Tanta voluntad y entusiasmo tenían que fueron los únicos que lo consiguieron. Eso les llenaba de orgullo y cada dos por tres les teníamos coreando a grito pelao el abecedario, Ahmed de carrerilla; Mohammed necesitaba saltar para poder acordarse bien.

Otros rasgos de su personalidad y de su comportamiento nos hablaban de una educación muy cuidada: nunca peleaban por la comida (a pesar de tener la misma hambre que los demás) sino que esperaban su turno haciendo fila sin rechistar. Si faltaba para alguno, no tenían reparos en compartir su ración, de hecho, eran los primeros en ofrecer una parte en cuando se daban cuenta de que alguien del grupo estaba con las manos vacías. A veces el reparto de la merienda se convierte en un gran follón, con todos arremolinados alrededor de la cesta de los manushis, manzanas o lo que toque y meten la mano varias veces, sin pizca de vergüenza; pero como la comida suele estar racionada, a veces nos encontramos que hay quienes se han quedado a dos velas, normalmente los que hacen la cola correctamente. Entonces toca revisar y hacer devolver a quienes se han guardado la comida en los bolsillos (de esto tengo que escribir otro día...) las piezas indebidas.

Tampoco se metían en las peleas habítuales ni nunca las iniciaban.

El primer día que la madre de Ahmed me invitó a su casa me sentí muy honrada. Ahí fue donde compartimos una manzana y un vaso de té para merendar y estuvo también la madre de Mohammed, casi una cría (no debe tener más de 25 años y ya tiene tres churumbeles). Después he ido muchas otras veces. En la última he conocido a un familiar que vive con ellos. Es un hombre de unos 30 años, que habla inglés bastante bien porque lo ha aprendido de manera autodidacta por internet y oyendo la radio. Me dijo que era pintor en Damasco, pero que su barrio está destruido y que ya no recibía encargos.

Tonta de mí, supuse que era un pintor de brocha gorda, pero no. Es un pintor que hace trampantojos en las casas: me enseñó algunas fotos de sus obras en impresionantes pisos damascenos. Cuando cerró la carpeta, nos preguntó si queríamos escuchar música. Yo imaginé que iba a poner la radio, pero no.

Sacó cuidadosamente de su bolsa un laud (ud) de factura preciosa, de taracea de nácar y distintos tipos de madera, una maravilla, vamos. Y empezó a tocar y cantar. Se sumó toda la familia: Ahmed y sus hermanos, su madre, Mohammed y los suyos, su madre y otra vecina que se acercó en cuanto el ud empezó a sonar. Se me puso la piel de gallina, porque todo el mundo cantaba muy bien, con el estilo de quien lo hace a menudo. Educación, arte, modales elegantes en una dignidad que las terribles condiciones de vida que sufren no ha logrado borrar ni una pizca.

Durante un rato me quedé, pero tuve que marcharme, porque vivimos lejos y las carreteras no tienen luz. De noche me es muy incómodo conducir por mi fotofobia y prefiero evitarlo: todo el mundo lleva las luces largas encendidas y voy constantemente deslumbrada.

Así que ahí les dejé, en su cuartito con colchones que extienden para dormir por todo mobiliario. De verdad que me siento muy agradecida cuando pasan estas cosas.


Contrastes de Beirut



lunes, 23 de octubre de 2017

Tráfico libanés, 02

Conducir es la aventura, por antonomasia, que se vive en el Líbano.

La mayoría de los conductores no sólo no respetan las normas básicas, como parar en un stop, señalizar una maniobra o llevar el vehículo por los carriles marcados sino que son la mar de creativos a la hora de perpetrar infracciones insospechadas, como circular en sentido contrario en una autopista (muy frecuente) o hacer la rotonda para cambiar de sentido sin entrar a la misma, según el esquema siguiente (en azul, el sistema tradicional; en rojo, el sistema libanés):


Lo peor no son las motos cargadas de gente (tres adultos o dos adultos más tres niños y un bebé) que te adelantan por la derecha y zizaguean entre los coches o directamente vienen en sentido contrario. Tampoco lo son los coches cuyos conductores hablán por el movil, ponen mensajes o se paran en medio de la calle para hablar con uno que pasa... 


No, lo peor son los grandes camiones que hacen exactamente lo mismo que los vehículos anteriormente citados. Todo el transporte se realiza mediante tráfico rodado, al no haber ferrocarriles y se lleva en camiones desde los grandes cargamentos que llegan en barcos, hasta el agua a cada edificio o las vacas vivas que llegan de Brasil. 

Esos camiones circulan por carreteras y por las ciudades, da lo mismo la pendiente que tenga la carretera y muchas veces se quedan parados en curvas imposibles o en tramos muy estrechos.

No es raro verlos por la autopista a Damasco subiendo por el carril izquierdo, para evitar las miles de furgonetas que recogen gente y que paran exactamente donde les da la gana, sin avisar y normalmente sin retirarse al arcén (porque no lo hay). Obligan a pegar frenazos para no empotrarte contra ellas y si se lleva un vehículo de gran tonelaje, a veces las laminan sin dificultad.

Para probar que no me invento nada, aquí un video tomado en la localidad de Hazmieh hace unos meses:


viernes, 20 de octubre de 2017

Beqaa norte

El valle de la Beqaa (léase bicáa), con una longitud de norte a sur de unos 120 km y una anchura de este a oeste de unos 16 km, supone el 42% de la superficie del Líbano. Se divide en tres áreas principales, que son la Beqaa del norte, compuesta por las regiones de Baalbek y Hermel; la Beqaa Central (cuya capital es la ciudad de Zahle) se considera el centro económico del valle. También alberga el paso fronterizo oficial con Siria más importante, Masnaa, en la autopista que une Beirut y Damasco. Finalmente la Beqaa del oeste y la región Rachaya se encuentran en el extremo sur del valle, limitando ya con Palestina.

La Beqaa tiene una población de 540.000 habitantes, aproximadamente. La Beqaa del norte está poblada por una gran cantidad de clanes familiares, principalmente shía, aunque también es el hogar de algunas bolsas de creyentes sunni. La población de la Beqaa Central está compuesta por una mayoría de sunni y cristiana, mientras que la Beqaa del oeste y Rachaya tienen una población creyente más mezclada que la resto.

Hay un campamento palestino a las afueras de Baalbek. Sin embargo, la mayoría de los 8.500 palestinos refugiados de Siria viven fuera de él. La Beqaa también ha recibido a más de 10.000 retornados libaneses, que consideran que la alimentación y los servicios de salud son sus necesidades prioritarias.

La Beqaa tiene registrados a casi 400.000 refugiados sirios, muchos de los cuales viven en más de 730 asentamientos informales esparcidos por el valle. Sin embargo, hay tres puntos principales de concentración, que son las ciudades de Aarsal y Baalbek, más la Beqaa central. La interrupción del comercio con y a través de Siria ha golpeado especialmente a este valle, dejando muchas rutas comerciales muy afectadas o directamente cerradas. Hay indicios de que las relaciones, en su momento buenas, entre las comunidades de acogida y los refugiados (basadas sobre todo en lazos de parentesco) han comenzado a deteriorarse, especialmente después de los combates en torno a Aarsal, en agosto de 2014. Esta circunstancia se ha visto exacerbada por la sustitución de trabajadores libaneses por trabajadores refugiados sirios, más baratos porque les pagan un salario miserable, así como por la demanda sobre los servicios sociales básicos, ya de por si casi inexistentes.

En esta zona, la presencia estatal libanesa es nula: no hay escuelas, ni hospitales ni siquiera policia, vaya. Sólo está el ejército para contener al DAESH, que intenta colarse por la región de Arsal, ya que la Beqaa es la parte libanesa que está sufriendo los impactos de la guerra de Siria. Durante la primavera y el verano de 2014 hubo bombardeos regulares en la zona. Las ciudades de Hermel, Tfail y Aarsal (y sus alrededores) han seguido recibiendo impactos de cohetes y morteros disparados desde Siria, lo que ha provocado varias muertes y heridas de diversa gravedad, así como una sensación de inseguridad general. A principios de agosto las luchas en Aarsal y sus alrededores han provocado el desplazamiento de residentes y refugiados dentro de la misma ciudad de Aarsal y hacia otras partes de la Beqaa, incluso a la vertiente oeste de la cordillera del Líbano, en la franja costera. Estas luchas han causado graves daños a los campamentos, las viviendas, las tiendas, los almacenes y otras instalaciones, así como muertes de civiles. Las ONGs no pueden acceder al área y las necesidades causadas por los combates aún no se han evaluado.



Una de las tareas del ejército libanés es intentar contener a las mafias locales de varios tipos de tráfico, como el narco, el de personas, el de armas, el de coches de lujo y otros más. La actividad del ejército está sometida a decisiones políticas, que a veces no coinciden en sus objetivos. Asi que unos por otros, la casa sin barrer...

Ambos colectivos de refugiados (sirios natales y palestinos) están abandonados a su suerte. Debido a la ausencia de regulación de la vida civil y de servicios públicos, muchos han aprovechado para montar negocios, algunos limpios y otros terriblemente sucios, como prostitución infantil, de la que se convierten ellos mismos en clientes y a la que proporcionan niños. Es barato, muy barato conseguir peques para este menester. También han aprovechado para dedicarse al alcohol y diversiones varias, que en Siria tenían prohibidas. Digamos que, en general, les sobran las mezquitas y las iglesias.

El gobierno libanés, excepto el Partido de Dios y otros de ámbito shía, no reconoce al régimen sirio, por la invasión desde el año 1976. De modo que el gobierno sirio tampoco acepta el retorno de los refugiados hasta que el Líbano le reconozca. Y como Siria tampoco quiere que regresen, porque les considera enemigos traidores, su situación cada vez es más lamentable, en un pozo negro sin salida posible.

Un campamento cualquiera de la zona

FUENTES: Lebanese Population - Central Administration of Statistics (CAS) year 2002 dataset, Syrian Refugee Population - UNHCR, Humanitarian Intervention Data - Activity Info, Palestinian Refugee Population- UNRWA.

jueves, 19 de octubre de 2017

Amira, la princesa con mirada de acero

Amira en árabe significa princesa أميرة

También es el nombre de una niña que no sabe su edad exacta ni celebra su cumpleaños. Amira está muy flaca, casi ya enfermiza y tiene los ojos glaucos. Es de las poquísimas niñas que lleva el pelo corto (llama la atención, porque es un corte de pelo muy estiloso y asimétrico) de color castaño claro, con brillos pelirrojos. Nunca ha ido a la escuela y se aburre si pasa más de veinte minutos pintando o haciendo palotes.

Suele vestir las ropillas ajadas que llevan casi todos mis peques. Son ropas que se reparten en servicios de caridad o que adquieren en mercadillos ex profeso, en los que los precios son irrisorios, pero que crean un espejismo de consumo que reconforta a las familias (qué cosas, ¿eh?)

No habla mucho, pero cuando lo hace sorprende lo grave que es su voz, casi demasiado para una cría que tendrá entre 7 y 8 años como mucho. Pero lo que más impresiona de ella es la dureza de su mirada, aunque sea para observar como los demás están jugando en el patio, cosa que ella tampoco suele hacer. Se queda ahí sentada y a veces comenta las cosas que hacen mal los demás, sobre todo si ve que se pelean o se quitan los jugetes entre ellos. A veces hay que sujetarla porque se lanza como una fiera a impartir justicia, su justicia, que consiste en pegar un puñetazo a quién ella considera culpable, sin mediar palabra, con una mirada fría, de acero, que busca el impacto más doloroso en su objetivo.

Amira ha visto morir en el mismo ataque (no sabe de quién) a uno de sus hermanos y a su padre, hace muy poco tiempo. Llevan aquí menos de un mes y ha cruzado la frontera con su madre andando desde Siria, en un trekking siniestro atravesando las dos cordilleras (imponentes, no son montañitas de papel) que separan estos dos países, como ponen de relieve las heridas en sus pies, que tenemos que curar siempre que viene por el colegio. Porque no lleva botas GoreTex ni Timberland, precisamente. No, su calzado son las típicas chancletas de goma con las suelas desgastadas, tanto, que tienen los bordes comidos y no le cubren la superficie de la planta del pie, asi que no se le curan sus heridas tan facilmente, a lo que hay que sumar la eterna suciedad de los suelos beirutís, que tampoco ayuda.

Su madre es muy joven, lo parece y lo es, ya que la mayor parte de las mujeres refugiadas sirias aparentan mucha más edad de la que tienen, porque las vidas perras que llevan envejece mucho antes de tiempo: sin cuidados, con mala alimentación, sin programas de planificación familiar, en cuartuchos oscuros sin ventilación ni luz natural. Amira y su madre discuten siempre antes de marcharse del colegio: Amira quiere quedarse un rato más, su madre tira de su brazo para que la siga.

Pensando en cómo es la vida de Amira, no me extraña que su mirada congele al miedo.



Uno de los rascacielos más nuevos y altos de Beirut, en el barrio de Achrafiye (sector Monot) uno de los mayores nidos de desigualdad de esta ciudad.
Foto de @rabzthecopter

martes, 17 de octubre de 2017

Ashia, una niña traviesa

Se llama Ashia y tiene siete años.

Está muy flaca y le faltan algunos dientes. Tiene los ojos muy oscuros y almendrados, el pelo casi negro, liso, abundante y largo, siempre alborotado. Es traviesa, pero a la vez le encanta ocuparse de los más pequeños. Una sonrisa entre pícara y dulce, sobre todo cuando le alabas los dibujos que colorea no demasiado cuidadosamente.

Se siente muy mal si algún otro pequeño le quita los juguetillos que tienen para entretenerse, pero nunca lo quita ella a su vez, lo cual no es muy corriente, sino que se va a un rincón a sufrir hasta que decide que ya está bien. No para quieta, la verdad. Si hay algún sitio dónde trepar o subirse, ahí está ella, no podemos quitarle ojo. De hecho, hace un par de años se cayó de la ventana de su casa, un segundo piso y se rompió unos cuántos huesos. Pero no parece tener miedo a seguir subiéndose a todos los sitios que puede, si son altos, mejor.

Ayer vino muy silenciosa y estuvo extrañamente quieta. Con los ojillos tristones, no habló apenas nada.

La otra seño que está conmigo se fijó en su mano: tenía unas heridas muy simétricas y con una forma claramente definida. Intentó cogerle la mano para verlas y Ashia rápidamente la escondió, llorando. ¡Qué raro! Normalemente nos muestran todas sus heridas y pupas para que les curemos o les pongamos tiritas de colores, que les gustan muchísimo y las exhiben como si de joyas se tratara.

Con mucha suavidad, intentamos tirarle de la lengua, a ver qué nos contaba.  No nos costó mucho, al poco estaba ya hablando locuazmente:

Su madre la había pillado jugando con la colita de su hermano pequeño al hacer pis. Así que sumergió una cuchara en aceite hirviendo y la quemó en el dorso de la mano como castigo por tan indecente juego.

Inmediatamente me acordé de mi tita Encarna, cuando me amenazaba con sentarme en las ascuas del brasero si me hacía pis en la cama. O de todos los menores que sufren brutales agresiones en la primermundista Ejjpaña... 

jueves, 12 de octubre de 2017

Gentes muy enteradas

Desde mi llegada al Líbano he tenido la oportunidad de relacionarme con personas de distintas organizaciones nacionales, internacionales y supranacionales que vienen de visita a conocer la situación local y tomar decisiones que afectan a mucha, mucha gente. Aún hoy, me sigue soprendiendo su casi absoluta incapacidad para enterarse de lo que pasa de verdad en las calles de este país.

Naturalmente esto se debe a que cuando vienen a hacer sus análisis y estudios sesudos, pisan muy poquito fuera de los espacios más occidentalizados en los que se sienten seguras y como en casa, hecho les suele llevar a concluir -erróneamente- lo bueno que es este país para vivir...

Ahora bien, si asoma la patita alguna de las realidades que no les gusta ver, la expresión es que en estos países... + lo que sea (generalmente malo), no se les cae de los labios, acompañada de un tonito de reproche, mezcla de condescendiente y presuntuoso. Yo suelo preguntarles que a qué países se refieren con el sintagma nominal demostrativo estos países y nunca consigo una relación geográfica precisa. Todo lo más una vaguedad del tipo pues los países musulmanes o los del Tercer Mundo. Aclaración que suelen hacer con cara entre de sorpresa y despectiva, como si pensaran que yo soy tonta por no saber a qué entidades políticas se están refiriendo con tanta lucidez.

De modo que ahora me explico muchos de los líos que han formado esas organizaciones en los lugares donde actúan. Además de los intereses nacionales, de los mandatos ocultos y esas cosillas que suelen acontecer, es evidente que muchas de esas personas que vienen a investigar lo que pasa aquí, lo hacen con unas gruesas gafas coloniales, apriorísticas y, desde luego, de muy corto alcance, que les impide enterarse de lo que pasa de verdad.

Salvo contadas excepciones, no acuden al lugar núcleo de los problemas, sino que se sirven de materiales bibliográficos, fuentes secundarias e incluso terciarias que, por cierto, suelen llevar las mismas o parecidas gafas. No les falta arrogancia y suelen despreciar mis ofertas de acercarnos a esos lugares feos y con problemas. ¿Para qué? Ellos ya lo saben muy bien, sin necesidad de abandonar sus zonas de confort.

Suelen llegar cargados de ideas preconcebidas y estereotipos, que proyectan sobre sus apreciaciones y que se refuerzan al no saber/querer desprenderse de sus apriorismos terriblemente afianzados. Incluso pretenden reproducir aquí el modo de vida de sus lugares de procedencia, sin tener en cuenta circunstancias como la escasez de agua, los problemas con la electricidad o la pésima internet. Se engorilan y despotrican con fiereza contra la barbarie local, como si la gente de aquí disfrutara viviendo con estos problemas. Muchas veces no se dan cuenta de que esos comportamientos o situaciones que critican las seguimos viviendo en Ejjpaña o no hace tanto que nos hemos desprendido de ellas. Sus reacciones son tan exageradas, que hay que recordarles que nadie nace sabiendo según que cosas y que muchas veces, el problema de la gente en el Líbano no es la incultura o la brutalidad, sino la falta de recursos económicos que impiden, por ejemplo, comprarse un casco para circular en moto o llevar a los niños a una escuela de natación.

Así que sus conclusiones e informes reflejan ese modelo de pensamiento, sin tener en cuenta la otra realidad, la que ciertamente sucede tras las bonitas calles del Downtown y las luces de La Corniche, pero que puede apreciarse facilmente con un mínimo esfuerzo. Incluso a veces la tienen delante de sus narices y son incapaces de verla, porque levantan la cabeza en un gesto de desprecio para que a los citados apéndices no les llegue el olor de la pobreza.

Y así nos va...




lunes, 25 de septiembre de 2017

Sabra y Chatila

Hace 35 años se produjo una matanza equiparable, en cuanto a número de muertos, a la de las Torres Gemelas, pero no se habla ya mucho de ella. No era gente glamurosa ni vestían a la última moda. No habitaban en barrios elegantes y sus vidas tampoco le importaban a casi nadie.

Esa matanza se produjo durante los días 15, 16 y 17 de septiembre de 1982, en Sabra y Chatila, dos campamentos de las Naciones Unidas donde malvivían refugiados palestinos a las afueras de Beirut, al suroeste de la ciudad. Estos dos campos -como resultado de la invasión israelí del Libano y de la posterior evacuación de las tropas de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) convenida entre las partes, con la intervención de los EEUU de Norteamérica- quedaron bajo control y jurisdicción del Ejército de Israel, el cual, moral y jurídicamente, era responsable y garante de la vida de sus moradores, de acuerdo con las Convenciones Internacionales respectivas.

De lo que sucedió puede hacerse una idea leyendo el libro de Teresa Aranguren Amézola, Palestina, el hilo de la memoria, publicado en la editorial Barataria en 2012 (originalmente en Caballo de Troya, 2004):

El despliegue del ejército israelí en los barrios occidentales de la ciudad empezó en la madrugada del miércoles 15 de septiembre, horas después del atentado contra Bachir Gemayel. A primeras horas de la tarde del jueves los tanques israelíes ya controlaban totalmente Beirut Oeste y tenían cercados los campamentos de Sabra y Chatila. El puesto de mando estaba en la azotea de un edificio de siete plantas, junto a la embajada de Kuwait, a 200 metros de la entrada a Chatila.

El general Drori se comunicó por teléfono con el Ministro de Defensa, Ariel Sharon: Nuestros amigos están entrando en los campamentos.

La respuesta de Sharon fue escueta: Felicitaciones.

La matanza comenzó en torno a las seis de la tarde.

LAS MATANZAS

Desde la casa de Umm Ahmed Farhat se veían los carros israelíes y el movimiento de hombres armados en las colinas. El día anterior, temiendo que los israelíes se los llevasen, habían decidido enviar a los dos hijos mayores, Ahmed y Muhamad, a la casa de unos parientes en el centro de la ciudad. En Chatila quedaron el matrimonio, las hijas y los hijos varones de menor edad. Laila la más pequeña aún no había cumplido el año, Sami tenía dos, Farid seis, Bassem trece, Suad y Salwa, las mayores, tenían 15 y 17 años. No había luz en todo Beirut Oeste pero las calles de los campamentos permanecían iluminadas por las bengalas que lanzaba el ejército israelí.
 
Habíamos acostado a los más pequeños en el sótano porque había habido bombardeos y los aviones no habían dejado de volar sobre el campamento. Los demás nos quedamos en la planta baja. Hacia las cinco de la mañana un grupo de hombres armados entró en la casa. Nos dijeron que teníamos que salir fuera. Estábamos en pijama. Yo llevaba a mi hijo Sami en brazos y Salwa cogio a Laila, la más pequeña.

Cuando estábamos fuera le preguntaron a mi marido de donde era. Él les dijo que éramos palestinos y que él trabajaba reparando teléfonos…Nos dijeron que nos pusiéramos en fila mirando a la pared y que no volviéramos la cabeza ni a la derecha ni a la izquierda. Entonces comenzaron a disparar. Escuché a mi hijo Sami decir Baba (papá) justo un momento antes de que su cabeza estallase en mis brazos. Yo recibí varios disparos en la espalda y perdí el conocimiento.

Cuando desperté, los hombres se habían ido, Salwa mi hija mayor estaba herida pero podía moverse, me ayudó a incorporarme. Suad tenía varios tiros en la espalda, sangraba mucho y no podía moverse, se ha quedado paralítica… mi marido estaba muerto y Layla y Sami y Farid y Bassem… todos muertos.


Dos días y dos noches duró la carnicería. Durante dos días y dos noches las gentes de Sabra y Chatila murieron a golpes de hacha o de machete o acribillados a tiros o reventados con granadas o sepultados bajo los escombros de las casas demolidas por las excavadoras, tres grandes excavadoras cedidas por el ejército israelí a los falangistas, con sus habitantes dentro. Durante dos días y dos noches los que intentaron huir de la matanza fueron obligados a volver atrás, por el ejército israelí.

El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas condenó las matanzas con la resolución 521 del 19 de septiembre de 1982, seguida con una resolución de la Asamblea General del 16 de diciembre de 1982, calificando los hechos como acto de genocidio. Quien fue considerado personalmente responsable de este crimen, el entonces ministro de Defensa israelí Ariel Sharon, así como sus subordinados y las personas que llevaron a cabo las masacres jamás han sido perseguidas ni juzgadas por los asesinatos cometidos, en su mayoría de ancianos, mujeres y niños, que, según la procedencia de la información, varía entre los 1.500 y los 3.000 muertos. En su furia asesina los criminales no respetaron ni a los animales domésticos y con idéntica saña ametrallaron a caballos y a perros. Posteriormente derrumbaron muchas viviendas para sepultar a las víctimas entre los escombros.

También nos hablan de ello Jacques-Marie Bourget y Marc Simon, periodistas que estaban allí mismo durante la masacre

La barbarie humana va in crescendo en medio de estos cuerpos. Unos hombres han sido emasculados. Las huellas sobre sus cuerpos demuestran que los han arrastrado con los pies y las manos atados. Al llegar aquí estábamos preparados para descubrir cadáveres. El periodista es el contable de la muerte de los demás. Los carniceros han asesinado con cuchillos, violado. Aquí le han cortado los senos a una madre. Los adolescentes mueren a balazos. Un bebé ha sido aplastado a martillazos, a pedradas o a culatazos. Una pared con impactos demuestra que se ha fusilado a varios hombres. Los cuerpos se hinchan con el calor. Continúa lo increíble … Han destripado a una mujer embarazada, a un niño pequeño lo han cortado en dos y un jirón de carne todavía contiene la otra mitad del cuerpo. Una anciana ha muerto de pie, sujeta por su ropa en las púas de un alambre de espino, colgada como un Cristo sin cruz. Después aparecen dos montañas de cuerpos de niños. Se ha separado a las niñas de los niños. Les han abierto la cabeza a hachazos. Ha tenido lugar una limpieza étnica… Torturados, despedazados, destrozados.

El pasado día 17 de septiembre, entonces, visitamos el monumento que recuerda tales hechos. Había pasado ya el momento del homenaje (mi ley de Murphy es enterarme tarde de este tipo de cosas) pero aún estaban las coronas de flores depositadas en el mismo razonablemente frescas, junto a velas y cintas.



El monumento se encuentra cerca de la plaza de la embajada de Kuwait, más o menos por aquí (nadie se ha preocupado de mandar un coche google a la zona, me temo) pero no  está señalado ni nada parecido. Hay que estar muy atenta a la entrada, porque la calle principal siempre está llena de puestos de venta (ropa, pollos, frutas, gafas, dulces, chismes varios) y ocultan la entrada.



Justo al entrar, en un recinto amplio y vacío, hay dos tipos pidiendo limosna. Son dos libaneses, seguramente más jóvenes de lo que aparentan, que están vestidos con unas ajadas ropas de camuflaje y da la sensación de que viven ahí normalmente, a juzgar por el tenderete que tienen montado. Intenté hablar con ellos, pero no conseguí que me contaran mucho de sí mismos. 

El aire del lugar no es solemne, al contrario, tiene un aspecto algo descuidado (a pesar que se veía extrañamente limpio, seguro que para la ocasión), pero tal vez de esta manera se hace más dolorosa la visita, porque refleja a la perfección el olvido en el que viven estas personas, que ya no son sólo de Palestina, también hay muchísimas de Siria, libanesas y de los países habituales que proveen de trabajadoras domésticas a la sociedad beirutí.

A esa tristeza (y rabia también) contribuyen las imágenes de la masacre que están visibles en grandes carteles, junto a otras de otras masacres producidas en Líbano con el mismo origen.





Un lugar que no podemos olvidar, sobre todo porque nadie aún ha pasado por los tribunales después de 35 años. Muertes que valen y muertes que se desprecian.

Viva la lucha del pueblo de Palestina

Para saber más:

viernes, 8 de septiembre de 2017

Mujeres del Líbano, 01

Me interesa contar las historias cotidianas de las mujeres de esta parte del mundo en la que ahora vivo, pero me resulta complicado y no sé muy bien por dónde empezar, porque aquí hay una variedad de cotidianeidades femeninas tremendamente dispares y es necesario conocer todas ellas para hacerse una idea de lo que es este lugar.

Así que empiezo por las primeras impresiones que he tenido.

Aquí he encontrado mujeres muy cultas, educadas en colegios de élite y con abundantes recursos económicos, que viven por y para ornamentar a sus maridos proveedores (normalmente ricos empresarios del sector servicios, aunque no esté muy claro qué clase de servicio prestan a la sociedad). Son mujeres que han aceptado gustosas perder su apellido de origen y que piden a sus amos y señores anillos de oro y diamantes, como regalo merecido por su dedicación a la causa del hogar. Conducen coches importados carísimos, tipo todoterreno enorme y casi blindado, porque sienten cierto desdén por las normas de tráfico y es frecuente que tengan accidentes con las motos y furgonetas llenas de gente, que intentan abrirse paso por todas partes, o con otros coches tan potentes y caros como los que ellas tienen; accidentes de los que salen naturalmente ilesas gracias a las máquinas que conducen. A estas mujeres no les son ajenas operaciones periódicas de cirugía estética y larguísimas sesiones semanales de peluquería y manicura, además del gimnasio. Por supuesto, siempre están perfectamente maquilladas para cada ocasión y sus modales exquisitos alcanzan los detalles más nimios de su vida cotidiana, de esos que ni te figuras que tienen regulación establecida y, además, te pones en evidencia si no la sabes.

 

Otras mujeres, en cambio, se han forjado una vida profesional plena y exitosa con la ayuda, eso sí, de lo aquí consideran esos servicios que en Europa ya no se encuentran por un precio razonable, es decir, una cohorte de servidoras y servidores que van desde una o varias empleadas domésticas internas hasta chóferes privados con jornadas indefinidas, por unos salarios irrisorios y un cuartucho de escobas para dormir, en el mejor de los casos. Suelen tener a sus churumbeles en manos de esas otras mujeres venidas en su mayoría de Sri Lanka, Filipinas, Etiopía o Somalia, a las que se las ve caminar un paso por detrás de las señoras, con los peques montados a sus caderas -porque aquí hay muy pocos espacios para ir con sillitas de paseo- y es más cómodo cargar a cuestas con ellos. Por supuesto, esto no puede hacerse si se usan tacones de 10 cm de alto o más y se quiere mantener el peinado dignamente. En este artículo de Natalia Sancha hay más info sobre cuestiones a la que yo no he podido llegar.

Ciertamente aquí las mujeres trabajan mucho en cualquiera de los ámbitos que se mire. Pienso en una que veo siempre, pase a la hora que pase por delante de la puerta de su taller de arreglos y composturas. Trabaja tanto tiempo ahí que hasta come y cena en él. Es un espacio pequeño, de unos 8 m2, con una mesa para cortar tela y una máquina de coser tan antigua que ha perdido los dorados característicos y sólo puede leerse Gritzner en los hierros de las patas. A veces he parado para encargarle un dobladillo o quitar el cuello de una camisa y resulta que he salido con una kibbeh en la mano, porque las tenía ahí preparadas para ella y el olor delicioso de las especias se notaba tanto, que era imposible no decir sahtín! (nuestro qué aproveche) y, claro, la invitación es inmediata. Del probador, mal tapado con una cortinilla, sube una escalera hacia una especie de cuartito del que sale mucho bullicio. Es el doblao en el que vive con sus hijos y que se ventila por la puerta del taller... No sabe nada de su marido desde que salieron de Siria, pero se considera muy afortunada porque ha podido abrir este negocio y vivir de lo que gana con los arreglos de ropa que hace. Suele decir que cuando se levantan tienen un vestido que ponerse, agua corriente y algo que comer...


También puedo citar a otra mujer, socióloga, que habla cuatro fluidamente idiomas: kurdo, turco, árabe clásico y levantino (viene a ser como hablar latín y castellano) y bastante inglés. Como es refugiada siria, no tiene derecho a trabajar legalmente en el Líbano, pero se gana la vida colaborando con una organización internacional a cambio de una ayuda económica. Su tarea consiste en vigilar que los profesores de la escuela primaria en la que la han destinado, no peguen ni discriminen a los peques sirios que estudian en ella, atender las quejas que se producen y actuar de mediadora entre la organización, la escuela y las víctimas. Esta mujer también se considera afortunada porque ella y su familia (de origen y de creación) han podido llegar hasta aquí, sin separarse y vivir juntos en un minúsculo piso bajo, húmedo y oscuro, por el que pagan 400$ al mes, toda una fortuna para gente que debe buscarse la vida sin apoyos legales ni sociales. Ella tiene a la suegra casi inmóvil, por culpa una trombosis que no puede tratarse porque carecen de dinero suficiente, y actúa de cuidadora a medias con el suegro (un yayo musulmán practicante, al que no le duelen prendas lavar, peinar y asear a su mujer cuando es necesario). Esta socióloga suele decir que para que las mujeres puedan ser libres de verdad lo primero que necesitan es Educación y que ella siempre va a estar ahí para poner en práctica esta máxima de su vida. Me encanta dialogar con ella porque escucha, analiza y hace las críticas necesarias desde la razón, manteniendo su fe apartada. Con ella estoy aprendiendo de veras, nunca intenta convencer, ni se considera en posesión de la verdad. Estamos asimilando mucho cada una de la otra sobre nuestras culturas, contextos sociales y vidas antes de conocernos aquí. Ahí, en su cuartito de estar-dormitorio-cocina (todo a la vez) sentadas junto al camastro de su suegra, en uno de los barrios más desfavorecidos de esta ciudad,  se nos pasan las horas enlazando nuestros pensamientos y sentimientos... ¡claro que también comiendo los calabacines rellenos, kusa mahasi, que prepara maravillosamente!

Hay mujeres que son verdaderas luchadoras, que intentan vivir como consideran correcto según las normas sociales imperantes que han aprendido, pero a la vez se dan cuenta la jaula que esto supone para ellas. Se ha estado representando una obra de teatro con mucho éxito que se llama así, Kafas (La jaula), que habla precisamente de esto, de lo qué piensan y dicen las mujeres en un espacio de libertad (la sala de espera de una ginecóloga, es decir, sin hombres) sobre toda esa presión que ejerce sobre ellas una sociedad con dieciocho religiones oficiales (y casi otras tantas no reconocidas) dando la tabarra todas a la vez para imponer su visión patriarcal, machista y neoliberal en todos los aspectos de la vida cotidiana. Aun así, hay mujeres que luchan por romper esos esquemas y se implican en actividades que para una parte significativa de la población son impensables, como participar en movimientos sociales en favor de refugiados o del medio ambiente. Todo ello mientras sobreviven con unos empleos muy mal pagados, sacando tiempo además para estudiar en la universidad y ser cuidadoras de sus familias. En este colectivo he conocido dos modelos de mujer principales: unas, las que cuestionan los puntos oscuros de las religiones que profesan y otras que no rechazan la versión patriarcal que las oprime, a pesar de que en su vida cotidiana han roto ya muchas ataduras que esa misma religión les impone, de modo que han renunciado al matrimonio y los hijos para poder vivir independientes o trabajan en profesiones consideradas tradicionalmente masculinas (el taxi, el ejército o el comercio exterior) porque hay que llevar un salario a casa, para colaborar con el mantenimiento de los padres sin pensiones de jubilación (no hay de eso aquí).



Hay muchas mujeres totalmente invisibles a la sociedad. Estas mujeres de Etiopía, Sri Lanka, Somalia, India, Filipinas, Bangladesh o Nepal están sujetas a un orden jurídico que se llama Kafala, porque el gobierno libanés aún no ha ratificado aún el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo y no ha abolido este sistema de esclavitud moderna, que consiste en someterse al patrocinio de un ciudadano libanés o una agencia de colocación, también libanesa, para poder trabajar aquí. El patrocinador controla las condiciones de trabajo de estas mujeres, su movilidad, su salario y sus documentos legales, es decir, nada de convenios colectivos o regulación de mínimos. Si surge un conflicto irreconciliable entre las dos partes, ellas pueden perder su estatus legal aquí y ser deportadas a sus países de origen. Lo normal es que las familias a las que sirven les retengan los pasaportes, vaya-a-ser-que-roben-algo.

A pesar de ejercen a la vez de limpiadoras, amas de llaves, cocineras, niñeras, cuidadoras de ancianos, auxiliares sanitarias, jardineras, paseadoras de perros (a veces, se las ve llevando en brazos a los chuchos cuando los sacan por ahí) incluso de peluqueras étnicas, que mola mucho llevar trencitas hechas por una nativa, los amos suelen considerar que estas tareas domésticas no son tan agotadoras como los empleos de verdad y, por lo tanto, no necesitan un número mínimo de horas diarias de descanso. No es raro que duerman a lo más unas 4 horas, y no siempre continuadas, en esos cuartuchos de escobas que aquí llaman la habitación de la doncella (he traducido malamente algunos párrafos de este texto, que son particularmente brillantes y que ilustran de la mejor manera posible la situación de estas mujeres). Su salario depende sobre todo de su nacionalidad, lo mismo que el precio del jamón depende de la raza de cerdo del que procede y se lo pueden retener si el patrocinador lo considera oportuno. No cito nada de los abusos que suelen sufrir en los domicilios donde trabajan: violaciones, malnutrición, violencia verbal, psicológica y física. Hasta he llegado a ver en un restaurante cómo los señores hacían un murete con las cartas del menú sobre la mesa (como un castillo de naipes) entre ellos y el sitio de la maid, sentadita ahí sola en el otro extremo, para marcar bien el espacio entre ambos. Últimamente estas mujeres han reunido fuerzas y han empezado una serie de movilizaciones en la calle para intentar que se elimine este horrible sistema de la Kafala, pero la respuesta gubernamental ha sido patética: detención y deportación de la nepalí que ha encabezado las protestas. Esto sucedió justo el pasado 10 de diciembre de 2016, día internacional de los Derechos Humanos .

Me gustaría pensar que este texto permite hacerse una idea aproximada de la vida cotidiana de las mujeres aquí. Por supuesto no están todas, hay muchas más que iré describiendo a medida que las conozca mejor.

Y hay material, ya lo creo que sí.